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Como la mismísima abadesa valenciana del Monasterio de la Santísima Trinidad, de quién tomó su nombre, la escuela Isabel de Villena fue, en Cataluña, una iniciativa adelantada a su tiempo. Y precursora de una formación integral de sus alumnos ante el oscuro y autoritario modelo que imponía la dictadura. Fue la primera que supo plantar cara al maquiavélico sistema de enseñanza de la democracia orgánica franquista. Y nació de la mano de un grupo de padres y maestros, tras la estela de un proyecto alojado tan solo en el cerebro de una de esas mujeres vocacionales -tan tenaces como insobornables- como lo fue Carme Serrallonga. “Yo sólo tenía la necesidad de enseñar” sé puede leer en uno de los textos de la exposición “Parlaré a classe” (Hablaré en clase) que hasta el próximo 11 de diciembre se puede visitar en al Palau Robert de Barcelona. “Nunca quise la escuela de los mejores –añade el texto de Serrallonga- sino un lugar donde cada niño pudiera ser lo que era”. Isabel de Villena, pues, empezaba así a ofrecer una tan eficaz como contundente respuesta a “la onda procupación, en lo que a la educación y formación se refiere, que existía entre los jóvenes padres del momento” explica Ricard Lobo, comisario de la muestra y ex alumno.

Todo empezó un 8 de mayo de 1939, añade Lobo, “cuando un grupo de padres y maestros realizan sus primeras modestas aportaciones económicas y el colegio podía emprender un ritmo de crucero que ya nunca abandonó”. Meses antes, sin embargo, algunos de esos maestros ya impartian clases en sus propios hogares.

Carme Serrallonga
Carme Serrallonga, directora de Isabel de Villena

“Isabel de Villena fue, simplemente, el embrión de un concepto de colegio, y también de una oferta que posteriormente se ampliaría”, concluye el comisario. Los Virtèlia y Nausica (1941), Betánia (1946), Sant Gregori (1955), Talita (1956), Costa i Llobera (1956) o Escoles Grimm (1957) son algunos ejemplos que, como el mismo Villena, aún hoy funcionan a pleno rendimiento y con gran éxito.

La exposición se sumerge a fondo, y a base de fotos, testimonios audiovisuales, documentos e incluso libretas de ex alumnos, en esa particular concepción de la educación en la que, sin duda alguna, destaca la inteligencia y habilidad de un equipo humano, encabezado por Serrallonga, Ricard Albert y Mercè Ros con una tremenda capacidad de combinar, a partes iguales, convencimiento y eficacia con discreción ante el enorme poder de un estado que empezaba a controlar todos los resortes de una sociedad extenuada por la Guerra Civil.

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