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El coronavirus nos aboca a una nueva era a nivel mundial. No sabemos si la sociedad que tendremos será mejor o peor, pero lo que es seguro es que será diferente. La pandemia está desnudando las miserias y virtudes de estados, empresas, familias y personas, al tiempo que nos recuerda la fragilidad de nuestra existencia y de nuestro modo de vida, sobre todo cuando nos enfrentamos a la naturaleza. El estado de alarma decretado en España, que va perfilándose a base de decretos, nos está haciendo vivir una situación impensable tan solo hace unas semanas. El impacto que tendrá en la economía en general, y en la de empresas y familias en particular, será catastrófico y la sensación es que las medidas que el gobierno va implementando poco van a mitigar sus efectos. Por otro lado, el confinamiento -que es duro y complicado de sobrellevar- también tiene algunos efectos positivos, más allá de contribuir a evitar contagios y a colaborar con las medidas sociosanitarias recomendadas. Bajo mi punto de vista hay dos grandes beneficios. El primero es que nos permite recuperar la compañía de nuestra familia en su círculo más íntimo. El vertiginoso ritmo al que estábamos acostumbrados a vivir provocaba muchas veces que miembros de una misma familia apenas coincidiesen. Realmente, si la relación es buena, esta situación extraordinaria, de convivencia forzosa, nos está regalando un tiempo precioso para disfrutar de nuestros seres queridos. Lo hemos de aprovechar. Por otro lado, disponer de mucho tiempo “libre” nos invita a la reflexión y a la realización de otras actividades que teníamos aparcadas; estudio, lectura, etc. El análisis de la realidad, tal y como la percibimos, puede desembocar en una sensación de vértigo e incluso pánico ante lo que podríamos ya señalar como el inicio de una nueva época y, al mismo tiempo, nos puede generar una sensación de rabia e indignación si nos disgusta la gestión que están realizando las autoridades de esta complicada situación. De entrada, la descoordinación e insolidaridad internacional a nivel de estados es incomprensible. Para luchar contra la pandemia no parece lo más recomendable que cada uno haga la guerra por su cuenta.

Paciencia, disciplina, sacrificio.

En mi opinión, en España estamos pagando la sobredimensión de un estado que lleva demasiado tiempo en quiebra económica con una estructura ineficaz e ineficiente y un endeudamiento insostenible. Sin entrar en la valoración que en general se hace del nivel de los políticos, la gestión de la crisis, que se ha de reconocer que no es fácil, está condicionada por todo ello. La falta de músculo financiero (recursos económicos) limita, lógicamente, la capacidad de acción del gobierno que, en apariencia, va poniendo parches aparentemente sin tener en cuenta el tejido productivo al que en principio pretende proteger y que es el que al final sostiene una economía. Aquellos estados, como por ejemplo Alemania, que disfrutan de cuentas saneadas están en mejores condiciones para adoptar de forma inmediata medidas que amortigüen la crisis en empresas y familias y todo ello con la menor bur(r)ocracia posible.

Tendremos que reconstruir el estado bajo un nuevo paradigma

Aquí el panorama post estado de alarma se nos antoja dramático. Viviremos en un solar que tendremos que reconstruir (ya veremos con qué recursos) pero será bajo un nuevo modelo o paradigma. No me atrevo a aventurar cómo será. Los economistas, como decía un sabio, “predecimos” el pasado y no siempre acertamos… por lo que predecir el futuro, y más con tantas incertidumbres, es misión imposible. El ser humano evoluciona (no siempre a mejor) con las experiencias vividas aunque en muchas ocasiones parece que involucione. Iniciaremos una nueva era a escala planetaria, con un modelo de vida diferente y, seguro, que con replanteamiento de valores y prioridades. Hemos de intentar positivar esta realidad para mejorar en todo aquello que sea posible, tanto a nivel personal como a nivel de organización social. El estado debería tener un tamaño adecuado y funcionar óptimamente con eficacia y eficiencia. Por tanto, una reestructuración del estado parece necesaria y conveniente. También sería recomendable que todos los gestores públicos (que han de ser los mínimos necesarios) sean profesionales del máximo nivel y han de tener responsabilidad real de su gestión, más allá de la meramente política. De esta manera el sector público estaría mejor preparado en el futuro para afrontar situaciones de emergencia como la actual. Nuestro modo de vida también cambiará. La burbuja de bienestar con opulencia y consumismo exagerado se ha pinchado. Veremos qué precio estamos dispuestos a pagar. Con paciencia, disciplina, solidaridad y mucho sacrificio lograremos superar esta difícil situación. Nos abocamos a una nueva era. Será diferente a todo lo que hemos conocido hasta ahora. ¿Será mejor? De nosotros depende.

Gloria Riera, economista licenciada en ESADE

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